Una mujer en llamas en la plaza Yépes


Nadie sabe su nombre, ni su edad, ni de dónde viene. La hallaron en la plaza, consumida por las llamas. Dicen que oyeron sus gritos desde el Supermercado Victoria Lago. De esa noche de brujas de Maracaibo solo queda el estupor y esta historia más horrible que la realidad donde surgió.

Quince días después de que la quemaran viva en una plaza de Maracaibo, nadie sabe su nombre, nadie conoce el rostro que alguna vez tuvo ni la forma de la culpa que expió. Los que encontraron lo que quedaba de su cuerpo chamuscado entre los matorrales de la plaza José Ramón Yépes, en el sector La Lago, dicen que era buena moza y que tal vez era morena.

Ella u otra, no se sabe cuál, desapareció de alguna parte allí en el Zulia, esa boca al continente que ha refugiado en su aislamiento y en el anonimato de su tamaño a fugitivos de pasado brillante, de pasado de pirata, de alquimista, de sacerdote, quién lo sabe.

Desapareció de noche, justo un mes antes del Día de los Fieles Difuntos, allí donde las vendettas familiares hacen suya la violencia, la religión asienta sus poderes y el inmenso desierto de La Goajira y los rayos permanentes del Catatumbo prohijan el tráfico de drogas, el tráfico de sectas esotéricas o satánicas.

La policía sabe que tenía 18, 25 o 44 años y que las 2.15 de la madrugada no es hora para andar por esa plaza. Los vecinos recuerdan el horror de su grito y el ruido de un carro que se marchaba apresurado, mientras el fuego tragaba la carne de la desconocida.

Ella caminaba por la plaza o tal vez no caminaba. Alguien la llevó para vengarse o para cumplir un fanático ritual. Como pudo gritó hacia la cervecería El Galeón, que le quedaba a cien metros; gritó hacia la línea de taxis Unión Victoria y el Supermercado Victoria Lago, separados de su espanto por 150 metros. Pero puede que no haya gritado en absoluto, porque los partes forenses afirman que el cadáver tenía la lengua de los estrangulados. Se dice que la encendieron muerta, pero quien aún padece el espanto de su grito no quiere pasar por la plaza Yépes ni de día ni de noche.

Alguno la vio incendiándose —dicen— y pensó que un buen vecino se había excedido en sus deberes ciudadanos quemando basura. Y ella alzó su brazo aterrorizado de dolor hacia esas miradas que pronto reposaron en la almohada con un sueño cívico y tranquilo. Claro que después, cuando todos se enteraron, hubo quien aseguró haber olido la carne y el fuego. Pero lo seguro es que todos siguieron durmiendo.

Cuando amaneció en la calle 72 con avenida 3 B de La Lago, los vecinos encontraron sobre la hierba el cuerpo inmolado. “Carbonizado en un 80 por ciento”, concluyeron los forenses. Con la luz del día, el sector La Lago recuperó los edificios que ocultan a los que existieron o no hace más de 30 años. Con la luz aparecieron también las casas, como si toda construcción testigo se difuminara misteriosamente cada noche.

Como un aquelarre de madrugada “La mujer mayor de 40 años, de la que la PTJ sospecha pueda tratarse de la infortunada que apareció quemada en la placita Yépes, de La Lago, al parecer entró al país, procedente del extranjero, como militante de una organización religiosa”, aventuró la prensa local unos días después. Pero las informaciones del 2 de octubre, en Panorama concretan: “A simple vista ninguno de los curiosos que estuvieron en el lugar lograron identificar los restos humanos. Las quemaduras de la infortunada fueron en su totalidad de tercer grado, muy especialmente en la cara, pecho, abdomen, genitales, muslos y piernas. Mostraba la lengua fuera de la boca y la misma daba la impresión de que la había mordido, quizás en los estertores de su muerte tan pavorosa y terrible. La mano izquierda la tenía crispada. Era una mano con rasgos finos y hasta cuidados.

“El cuerpo apareció boca arriba y la candela le consumió casi totalmente sus ropas. Ella andaba vestida con una camisa de manga larga con botones en el puño. Posiblemente fue una prenda de rayas celeste, es probable que la prenda también tuviera fondo amarillo claro. El pantalón era un jean azul de los que quedan tallados a la figura del cuerpo”.

Quien participó en esa noche de brujas, en ese aquelarre siniestro, supo hacer su trabajo. “Junto al cadáver apareció una caja de fósforos de contrabando Sakerhets-Tandstickor, de fabricación sueca. Como se sabe estos fósforos son de cabeza negra y no fallan como los cerillos nacionales los cuales se rompen al rasparlos sobre la caja (sic). También localizaron un pote de leche La Campiña, en cuyo interior había un contenido blanco que parecía cal humedecida o yeso. Del mismo modo había una cotiza de goma con capellada verde claro que correspondía al pie izquierdo, y un pote de cerveza destapado y vacío que apareció en el lugar”.

Extranjera o prostituta

Cerca encontraron la cédula número 7.890.410 y se esforzaron por imaginar en la foto los rasgos desaparecidos de la muerta. Pero Ana Margarita Corredor, nacida el 26 de julio de 1966 y dueña de esa cédula, no había sido la escogida. Con sus 15 años explicó el 3 de octubre ante la Brigada contra Homicidios de la PTJ que “el pasado jueves en horas de la mañana me encontraba en las inmediaciones de La Lago, cerca de la plaza José Ramón Yépes, sacando una fotocopia de mi cédula de identidad con la finalidad de realizar mis inscripción en el liceo Rómulo Gallegos, existente en ese sector. Al observar los curiosos en la plaza averiguando lo de la joven quemada, opté por acudir también al sitio y debido a la confusión que reinaba, mi documento, que portaba en uno de los bolsillos del pantalón, se cayó sin percatarme del extravío”.

La quemada de la plaza Yépes no tiene nombre propio. Su asesino la escogió sin pasado y la quemó para que no quedaran huellas.

El miedo fue creciendo en La Lago. Ya nadie sabe si la muerta medía 1,65 o 1,70; o si en verdad era bonita. El horror la va borrando de todas las memorias. Una identidad nueva se le cuenta, porque no puede quedar allí inmolada, sin saber quién era. Su identidad se inventa sospechosa, para que se convierta en ser ajeno. Tenía el cabello corto y de color castaño. Pudo haber estado involucrada en asuntos de drogas o en la prostitución, por qué o. Pudo ser uno de los “catetos de un triángulo amoroso”. Por qué no. Pudo haberse inmolado ella misma, después de estrangularse. También dicen que “pese a las deformaciones del cadáver por el efecto de las quemaduras, daba la impresión de proceder del exterior (sic de nuevo)”.

Ya hay quien, por su cuerpo, la imagina colombiana, como si a un ser humano pudiera agregársele un rasgo, una cola o un codo de más y asegurarse así una diferencia, asegurar que no es de aquí, que nadie conocido pudo caminar por una plaza, que jamás estaremos cerca del fuego ni confundidos entre gritos con basura.

Se dice que el cadáver tenía documentos falsos, que era “una trabajadora doméstica de alguna casa de familia pudiente” mandada a matar por su patrona.

Panorama preguntó entre los vecinos. “Por aquí la única que no aparece es la Juanita, esa que apodan La Tatiana, pero a esa no le ha pasado nada malo, sino todo lo contrario”. Y Omaira Montiel aprovechó para decir: “Es que La Tatiana no aparece debido a que se fugó con el novio, pero es que ella es una mujer hecha y derecha. De todas maneras el novio no la va a aguantar, porque él es un tipo viejonazo, pero tiene su platica”.

Un chofer contó: “Por aquí conocemos una quintica que funciona con todo, no sé si será esa la casa de pensión que ustedes buscan. Allí viven unas muchachas solas, pero también aceptan parejas. Es un nido de amor que tiene mucho disimulo”.

Aunque no encontraron ningún lugar parecido, sí, tal vez fuera una prostituta. O también puede ser, piensa la policía, que estaba ligada a un salón de peluquería y a una muchacha que llaman Milagros y que según cuentan fue candidata al reinado de una feria de La Chinita. Claro que también fue la droga, porque por esa zona “hay mucho malandro y atracan a la gente y para toda la ciudad de Maracaibo hay quince patrullas y así no se puede vivir en paz”.

“Por estos lados hay suicidas que se ahorcan o envenenan”, cuchichean, “pero es muy difícil que una mujer se meta candela ella misma”.

Quemada viva en una plaza pública un mes antes del Día de los Fieles Difuntos. Parece cosa de brujería. Nadie sabe más. Pero los habitantes de La Lago van a misa de domingo sin llevar prensas puestas, dicen que por temor a los asaltos, y siguen su camino rápido, con miedo, sin explicar nada.

El Nacional
18 de octubre de 1981