El Apocalipso

El Apocalipso

El acabose siempre sucedió más allá. El fin del mundo nunca fue de América Latina. Pero ahora la atmósfera del exterminio total gana nuestras costas.
Cuba y Nicaragua huelen ya a pólvora y neutrones. Charles Berlitz, el autor de El Triángulo de las Bermudas, anda por Caracas vendiendo un libro donde asegura que solo viviremos hasta 1999.

Confrontación nuclear terminaría en guerra atómica total. Reagan está listo para “apretar el botón”. Explosiva situación Cuba-Estados Unidos. Washington busca crear condiciones para una agresión. Cuba se prepara para resistir una intervención armada de Estados Unidos. Reagan inició ofensiva contra el Tercer Mundo. La URSS advierte a Estados Unidos sobre amenazas contra Cuba. Washington confirma planes militares. En espera del gran día. El Caribe, nuevo escenario para la guerra termonuclear. 

Así comenzó la semana. Y la mancheta de El Nacional agregaba: “Ahora Venezuela se encuentra en el centro de una de las zonas críticas de la confrontación mundial de las superpotencias”.

Desde la amenaza de los misiles, nunca antes habíamos sentido tan de cerca el Horror. El fin del mundo siempre empezaba por otro lado y sus imágenes correspondían a la de un chinito esquivando napalms entre los bambúes,  a tanques batiendo en desiertos tan lejos como la Biblia, a París se quema —como en la canción— y a las películas del Africa Korps y de ciencia ficción. Como mucho, los uniformes de bando y bando han ido marcando el continente, pero casi como en esas guerras anacrónicas del siglo pasado, donde solo el número de parientes perdidos en acción, que por la amenaza de una bomba atómica sobre su cabeza.

Aquí, claro, la dictaduras, las guerrillas, la terrible represión y alguno que otro marine. pero en el Caribe y Venezuela, ¿qué mayor realidad —quejas de miseria e injusta injusticia social aparte— que la de la salsa, el bonche, el calipso?  Aquí no pasó nada, dijeron después de los 60 y Rumildo fue el primero en sorprenderse cuando los periódicos comenzaron a traer noticias de otro tiempo. Fotos de barbas y uniformes verdes en Centroamérica. Stop. Fotos de niños armados. Stop. Fotos de guerrilleras sonrientes. Stop. Nicaragua. Stop. El Salvador. Stop

Pero fuera de  algunas protestas por la posición oficial venezolana en Centroamérica, fuera de la sorpresa de muchos ante la reciente creación de un comité de familiares asesinados por fuerzas de seguridad en el país, ¿qué más? Rumildo era nuestra caricatura. El apocalipsis nunca fue latinoamericano. La guerra, la guerra verdadera, la definitiva, era la de los otros, la de los desarrollados y la de Oriente. ¿Manifestar contra la solo-matagente? En Europa, dónde puede haber interés en lanzarla, porque allí sí hay monumentos dignos de ser conservados. ¿Pero aquí, para qué una bomba de neutrones? ¿Para apoderarse de los medios de producción y las instalaciones donde se extrae la materia sin molestias de personal colonizable? No. En el Caribe y Centroamérica, nada de neutrones; armas convencionales, ya lo dijo Alexander Haig. Los subdesarrollados somos mano de obra barata.

EL COLAPSO DEL CALIPSO

Estados Unidos intervendría en El Salvador y en Nicaragua a través de Honduras. Luego le tocaría el turno a Cuba, por andarse metiendo en donde no la llaman, como lo insinuó Jeane Kirkpatrick. Venezuela nunca había estado en un conflicto de esta naturaleza. Así lo dicen los cables internacionales, aunque luego lancen desmentidos, rectificaciones o arrepentimientos.

Para colmo de males o, más bien aprovechándose de este ambiente de fin del mundo caribeño recién estrenado, un pájaro de mal agüero quiso imitar en la prensa el éxito editorial de Fontbrune en Europa y su reedición de las apocalípticas visiones de Nostradamus.

Charles Berlitz, el famoso  autor  de El Triángulo de las Bermudas, publicado en 23 lenguas y con más de 12.000.000 de ejemplares vendidos, está en Caracas para autografiar su más reciente obra. Obtenga el sensacional libro Fin del mundo: año 1999.

Tal vez no todo se trate de un problema de ficciones, sino de decepciones por la muerte de las utopías. Los sueños sociales del hombre han sido probados y deformados; a la ciencia ficción ya no le quedan mundos perfectos por inventar, más allá de la exasperación de las taras presentes: polución, racismo, militarismo, genocidios, violencia como mundo muertos, atroces, absurdos.

Tal  vez la invitación al Horror no tenga un origen político o económico, sino que los “desarrollados” no pueden soportar el fin de las utopías. Menos aún los norteamericanos, albergadores de comunidades utopistas por excelencia: desde la Ephrata de los pietistas alemanes que llegaron a Pensilvania en 1732, o el movimiento Bruderhot que se extendió hasta Paraguay, Alemania y Gran Bretaña; o los franceses Charles Fourier y Etienne Cabeet, hasta los hippies y los flower children de la década del 60. Perdidos esos sueños, quizá no quieran imaginarse dentro de la otra utopía, aquella perfección escalofriante de Alphane, la luna de Alfa Centauro presentida por P.K. Dick, donde el mundo es un viejo hospital psiquiátrico abandonado y la sociedad una perfecta organización de enfermos mentales, con un sistema —dentro del máximo orden— especializado según las funciones de los esquizofrénicos, paranoicos, obsesivos, perversos, depresivos o maníacos. Esa utopía —totalitaria como toda perfección— puede merecer la destrucción total.

Quizás Reagan prefiere la las ficciones de A.C. Clark, y su bomba de neutrones no es sino la secreta ambición personal de ser el único habitante de Diaspar, aquella ciudad perfecta entre los astros, indestructible y cerrada a la eclosión de los siglos, donde la Arquitectura es la pura Historia detenida, lo único que queda. Reagan —o los rusos— en Diaspar, acompañado de fantasmas inmortales y electrónicos, más dóciles aún que los de Alphane.

PARA QUE LLEGUE EL MESÍAS

Pero  la ciencia ficción es de los “desarrollados” y el fin de las utopías es igual para todos. Por eso quizás, entre los que no tienen el poder de una Potencia, hay quienes se alían con el Apocalipsis. Porque para el Tercer Mundo el futuro no es supersónico o interespacial con pesadillas como la de Alien, el octavo pasajero o Solaris de Tarkovski y Lem, sino sólo un mal presentimiento de eterna dominación. Mejor aferrarse en el subdesarrollo a las antiguas profecías religiosas y, ante todo este desconcierto, esperar que la mano de Dios intervenga con un cataclismo de llamas purificadoras. Así llegará por fin la máxima de las utopías —no aquellas que los occidentales no han podido perdonar por el mito del buen salvaje recreado por Tomás Moro, el primero en usar el término de utopía como tal, más allá de Platón—, sino la máxima de todas: el advenimiento de la Edad de Oro, de La Era del Espíritu Santo y la armonía.

Quién sabe si hay líderes que siguen en América Latina el camino del Apocalipso, el camino de aquel utopista llamado Campanella, habitante del siglo XVII que, buscando la luz en los textos religiosos, descubrió las profecías del otro calabrés, Joachim de Fiore, sobre la llegada del Espíritu Santo. Según Fiore, esta se producirá cerca de 1300 —es decir, en su propia de poca—, pero Campanella, contentísimo, descubrió que los cálculos habían errado y la nueva era llegaría en los 1600. Quería tener la oportunidad de vivirla y por precaución, decidió darle un empujoncito a la Providencia: para acelerar la llegada de la era mesiánica, se involucro en un complot contra la Corona Española, que para que era entonces reinaba sobre Sicilia. Mala suerte. El complot fracaso, el Apocalipsis también y a Campanella lo encarcelaron durante 20 años. Como revancha, escribió una de las utopías más bellas: La ciudad del sol.

En 1981 darle una ayudadita a la Providencia para acelerar la Edad de Oro, sería un empujoncito tan rápido y definitivo que no habría tiempo de tomar revancha luego del error político. A América Latina se le acaba su tiempo del buen salvaje y de la inocencia. Se anuncia el Apocalipso y quizá por vez primera Rumildo —ciego a la ciudad del sol— se perderá en la conciencia del Horror real. 


EL NACIONAL
15 DE NOVIEMBRE DE 1981