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Glosario Garmendiano

El mundo de las palabras es un lugar en el que, una vez que se llega, los horizontes se expanden y el lenguaje se abre paso. Decía Garmendia que no es la acumulación de conocimiento, sino la curiosidad lo que nos hace, (y nos mantiene) jóvenes. Es por eso que, como buenos curiosos del lenguaje y las palabras, recopilamos una serie de palabras a modo de glosario en el que Salvador nos hace viajar por ese fascinante mundo que es su narrativa.

simiricuiri / simiricuire

“Como era encuadernadora olía a tarro de cola y a simiricuiri y tenía las manos de cuero viejo, engrudadas (…)”
“Difuntos y volátiles”

Del francés simili-cuir , corresponde a esa variedad sintética y que remplaza al cuero, muy utilizado en campos tales como tapicería, ropa, calzado y telas, y aquellos usos en los que el acabado deba ser muy similar al cuero sin afectar costos y/o regulaciones. También se le conoce como cuerina, ecocuero, cuero sintético, entre otros.

Ya que es un producto que se asemeja a otro considerado de mayor calidad, el uso en español de este término también resulta útil como metáfora para la descripción de algo que no es genuino, es decir, en una copia, o incluso en algo de menor calidad; porque no es lo mismo que le den a uno con una correa de cuero, a que le den con una de simiricuiri.

enculillado (cullillo)

y allí estuvimos
nixon no
hasta que ya sabíamos que estaba enculillado
y que no iba a venir y nos dispersamos calle abajo
.
“Nixon”

Aunque parezca un diminutivo, puede ser hasta más grande y fuerte que el tan conocido culo, y, aun así, no se trata de lo mismo. Algo informal y no tan usado comúnmente, el culillo, o más precisamente “tener culillo” está intrínsecamente relacionado a la gesticulación italiana más primigenia; hacer el “montoncito” ―que implica unir un par de veces los cinco dedos de una mano mientras se los mantiene estirados― es una de las tantas maneras de afirmar o inferir que el interlocutor tiene miedo, o angustia por un riesgo; es decir, está “cagado”, o como en el cono sur se suele decir: cagazo.

No obstante, también se le adjudican dos acepciones en gran parte de la variedad venezolana del español, recopiladas en el Diccionario de Venezolanismos, de María Josefina Tejera:

CULILLO m Zul Lar Car Or 1. Diarrea paroxística que sufre el gallo de pelea cuando pierde. 2. Coloq. Irritación o prurito del ano. (p.16 tomo I) TESTIMONIOS: 1969 González León, A. País portátil, 228: “…ahora el miedo, el dolor, los complejos, la dejadez culpable, la irresponsabilidad, el culillo(…)”.

Siendo un signo rastreable hasta los inicios desde la cultura latina, no cuesta mucho creer que en esos tiempos de la Antigua Roma al emperador se le haya visto un desliz entre tantas formas y, en vez de un pollice verso, mirar fijamente al gladiador en cuestión y, sin pronunciar palabra, pero con un simple gesto de montoncito en la mano decirle, ¿te aculillaste?

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Grafías

Prólogo al libro Difuntos, extraños y volátiles.
Por Luis Chitarroni

Tal vez estamos ya en condiciones de leer a estos escritores sumergidos por la gran ola –y, en ese sentido, la gran estafa– del boomRibeyro, Fuenmayor, Juan Emar, Piñera, Garmendia. Este tiene, notoriamente, la desventaja de estar casi en la línea de flotación de las Eminencias. Vale decir, comparte por incomprensión de una nombradía prestada. El distanciamiento entre los narradores asociados del boom es que la familiaridad –Julio, Gabo, Pepe– disocia a veces a los integrantes del grupo (nunca José o Pepe por Donoso, nunca Carlos por Fuentes, nunca Mario ni Marito, ni siquiera Varguitas, por Vargas Llosa, nunca Juan Carlos por Onetti quien, sin embargo, tuvo una distancia equilibrada en relación con la travellin’ band inextricable).

Los sumergidos, por su parte, merecen compartir una cualidad presocrática. Bien pueden ser Macedonio, Felisberto, Virgilio… En esa seleccionada franja, Garmendia podría perfectamente ser –gracias a Difuntos, extraños y volátiles– Salvador.
Leer Difuntos, extraños y volátiles demuestra lo contrario: un don del relato cercano a Gógol o a Poe, en el sentido en que estos están orientados respecto de los precursores: Pushkin, Tolstoi, Dostoievski; Hawthorne, Melville, Whitman.

Un deslizamiento hacia lo confesional, lo indiscreto, casi lo irrelevante no es más que una estrategia para pasar inadvertido, como se puede encontrar en Ribeyro, en Felisberto o en Virgilio Piñera. Tras ese movimiento en apariencia involuntario, Garmendia no oculta sus uñas de guitarrero, emprendedor, capaz de solucionar una novela en una balada. Lo gogoliano en esta aventura es menos ambiciosa que descriptible, y consiste en una especie de capacidad única para mostrarse cómodo en ambientaciones nunca antes habitadas. O incómodo, en la medida en que la narrativa –o la literatura en general– se adapta a los escrúpulos tallados en el interior de su a veces inaccesible materia.

Garmendia reconoce como nadie “la estofa de la que están hechos los sueños” o su indiscernible simulador, la epidermis del insondable delirio. Difuntos, extraños y volátiles se encarga de demostrarlo como si cada narración fuera un ejemplo.

Se trata también de una escala, de una gradación, a la que solo una escritura muy refinada puede darle el relieve y el envión necesarios. De modo que “los héroes” de Garmendia tienen la conciencia agujereada por lagunas y olvidos. La percepción misma tiene blancos, transformaciones y obsesivas microscopías: ‘los pequeños seres’ de su novela más famosa no son solo los mediocres y anónimos habitantes de la ciudad sino también los amenazantes engendros de esta perspectiva al revés, como dice César Aira.

Hay algo que conviene destacar en esta colección de relatos breves, y es que Salvador Garmendia, un novelista de “especificación sólida”, como le gustaría a Henry James, y que conserva en cada una de sus novelas una estructura casi ósea, adquiere, cuando cambia de género literario –de novela a cuento, por ejemplo, y lo hace a menudo– una radical y vertiginosa singularidad. Con radical y vertiginosa intento decir apenas que cambia por completo: parece dejar de ser el escritor que es y convertirse en otro (u otros) sin cambiar de identidad ni de ejes expiatorios de sus expiaciones. La piel, la carne, las estaturas, los tamaños, el deseo o el padecimiento del vuelo, el deseo o el sacrificio de volar. Toda una serie de delgados o afincados vínculos podrían establecerse mientras la narración avanza, retrocede o se estanca. Toda una serie de vínculos sensibles e intrincados, como si una inervación particular permitiera desplegar o desarrollar minúsculos detalles que comienzan en el relato “Difuntos, extraños y volátiles” y encontrara destrezas, nunca tomadas como tales, que explora y explota “Ensayo de vuelo”. Cierta fantasmidad va encontrando lo indistinto y lo disímil, va ensayando en, por decirlo de algún modo, “formas de ser” la adecuación o inadecuación a la escena, el esfuerzo que requiere el cambio de materia y de circunstancia.

El mundo, mejor dicho, los pequeños mundos que giran en Difuntos, extraños y volátiles es, en escala, tan integral y sólido como el (o los) de las novelas. El contraste que establecen puede apreciarse como esta adjetivación que subvierte su no del todo diáfana secuencia y la convierte, como a los Reyes Magos, en sustantiva: Difuntos, Extraños y Volátiles, sin que consigamos en mayúsculas, como en alemán, diferenciarlas. El gesto y la contorsión del relato es pura concentración y fijeza, aunque nada parezca detener el movimiento. La velocidad, y al mismo tiempo la morosidad descriptiva, de “¡Tran!” no se diferencia de la bonhomía de paseante con que se narra “La diablesa de armiño”, especie de Venus de las pieles retratada sin un dejo decadente, con una dosis de latinoamericano y parpadeante verismo. Y ese simiricuiri de “Difuntos, extraños y volátiles” que en su momento me costó saber qué era (hasta que una joven venezolana satisfizo mi pedido; hoy, para estas cosas, basta wiki, pero escamotear la espera no mejora los resultados de una pesquisa).

En efecto, todos los gestos de estilo de Garmendia lo alejan de un manipulador retórico. Nos permiten ver ese mundo en minúscula que él ve con inusual pericia narrativa, pero sin confianza en los efectos. Como ocurre con los grandes torturados de la literatura, Gógol Kafka, para nombrar solo dos, ese mundo en dos dimensiones que los cuentos transmiten se abre, como dice Aira, a infinitas perspectivas microscópicas.

(Wikipedia: Elisa Maggi – Archivo fotográfico de la familia Garmendia)

La matriz de la mayoría de los cuentos que Garmendia escribió, que fueron muchos, está presente ya en Difuntos, extraños y volátiles. Son tan distintos de los que solía ofrecernos la buena literatura del boom –la mejor literatura del boom–, que bien valen la misa inoportuna que celebramos los herejes en las estribaciones de situación tan situada en el panorama de la narrativa hispanoamericana. Los diversos extrañamientos de los que “la exitosa” ayuda a apropiarnos, desde los alumnos de una generación castrada a los ángeles caídos en costas caribeñas, desde los dictadores exiliados con buenos recursos en países ajenos a la extradición hasta las sórdidas habitaciones en las que puede dársele la bienvenida a Bob, poco tienen que ver con estos personajes obsedidos por trampas y triunfos de una sociedad que parece capacitarlos solo para ser freaks. Con astucia subrepticia, a menudo imperceptible para su bien, incursionó en universos cerrados que no parecían aptos para la narrativa en el momento en que los incorporaba. El rumbo de precursor, no obstante, le resultaba indiferente. Es ese sentido de lo trash el que anticipa todo en Garmendia, con un ápice de serena violencia imaginativa e intelectual. Aunque la resistencia parezca en algún caso el recurso doméstico de una especie de surrealismo sobreviviente –como podrían parecer los conejitos de “Carta a una señorita en París”, de Cortázar–, Garmendia se confina a la voz, a la garganta, al órgano excretor de cualquier región de extrañeza, y no parece responsable de defender a las personas del verbo, ni a sujetos ni a predicados de una gramática excelsa y excluyente. El verbo de Garmendia transmuta y diverge, distorsiona y transmigra. De ahí que no haya personajes sino adjetivos evanescentes y en fuga, en busca de una mortalidad ya sin cuerpo, menos barroca que sinóptica.

La otra gran apertura de este libro particularmente irrazonable y adverso, pleno de singularidad, es su abandono. Su abandono de rumbo y de perspectiva, como si lo aguardara desde la gestación esa captura de posteridad que reclama la permanente lectura.

Después de Difuntos, extraños y volátiles, a Garmendia le quedó el hábito o la costumbre del cuento, tal vez porque encontró el íntimo don que lo favorecía escribiéndolos, tal vez porque la costumbre es la más fuerte de las voluntades ingobernables. El brujo hípico y otros relatos, enmiendas y atropellos, El único lugar posible, Hace mal tiempo afuera, La casa del tiempo, El capitán Kid, Cuentos cómicos y La vida buena componen el resto de su obra cuentística.

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¡NIXON NO!

Por Salvador Garmendia

¿Por qué coño he venido a parar aquí? Las mesas vacías, increíblemente solas a esta hora, las dos de la tarde, en que el tumulto es habitual en el restaurante “Alvarez”, tanto como la acometida de los mozos que se cruzan cargados de platos vaporosos y la espera junto a las columnas encaladas de los grupos de comensales retrasados que trabajan en las oficinas y los almacenes de la cuadra, todos de un mismo empaque de mediana prosperidad, joviales y entretenidos, pasándose la voz de un bigote a otro, de una a otra dentadura, como una bola de saliva y aire caliente que nadie quisiera dejar caer, como si temieran verla hecha trizas en el dibujo arábigo de los mosaicos; y en menor cantidad, mujeres aclimatadas a una robusta soltería, más discretas, acaso, en su comportamiento, aunque sin llegar a reprimir una que otra carcajada chillona que haría volver la cabeza a ese tipo de cliente solitario y malhumorado que nunca deja de mostrar su mediano compendio de fealdades en estos lugares. Vacías por completo, cubriendo de una soledad frágil todo el cuadro del patio central y los corredores laterales; silenciosas, con sus manteles blancos bien cuidados, sin excusar alguna rotura remendada aprisa; y en los cuadrados uniformes, alzaprimados por pliegues rectilíneos, una reiteración premeditada de la misma composición, cuya apretada simetría queda parcialmente diluida en la opacidad del blanco: los vasos con servilletas de papel puntiagudas, uno frente a cada juego de platos, un solo modelo de vinagrera de tres piezas de cristal rugoso y el cestillo de mimbre para el pan; los mozos, retirados a sus puestos de vigilancia, atentos a la orden de ataque; piezas de edad decrépita, tal vez irreconocibles de puertas afuera, un brazo planchado a lo largo de la chaqueta y el otro cruzado sobre el cinturón a modo de percha para sostener el paño todavía intocado.

No he debido entrar (es lo que pienso, una vez instalado en una mesa para dos del corredor derecho, mientras despliego el trozo de almidón calcificado encima de mis piernas); ni siquiera tengo apetito. (Mientras, paso la vista sobre la lista del menú que el mesonero ha puesto a mi derecha; leo aprisa, como saltando sobre humedades y charcos de salsa en busca de algo seco y rápido que pudiera comer en este momento). Y antes me contuve recogiendo velas al borde de aquel panorama inmóvil, estacionado en una calma ya casi resignada al día perdido, después de haber cruzado a brincos el aire despojado y tibio del zaguán, sin una sola idea en mi cabeza, donde todavía no hay más que sol y ruidos, y allí quedo de golpe, desprendido de la multitud, vuelto a mi caso único y particular, y sigo aturdido por algunos segundos, mientras me voy cubriendo de poros desde abajo, como una espuma ascendente, y al cabo queda lista toda la envoltura caliente de la piel.

nixon con cara de perro afeitado de bajo pedigree recorriendo todo el mundo ajeno con sus pistoleros rubios de luger en las costillas y su mujercita que le pasaron la mano en maiquetía cuando iba a empezar a sonreírle a los ratoncitos de la prensa todos amontonados y aguzando sus cámaras sacudiendo sus guindalejos sin que ninguno se atreviera a atravesar la distancia prevista ni romper el vidrio imaginario que los separaba de aquellas hileras de dientes bien cuidados como si fueran peces raros en un acuario el 13 de mayo de 1958 con todo el pueblo embochinchado en caracas y la gente decente chorreada de miedo en sus casas cientos de litros de saliva regados por toda la avenida sucre y los teléfonos llenándose de ladridos en la embajada americana pueblo de mierda gritaban en las oficinas de palacio y nunca se había visto nada semejante al cadillac negro todo sudado de gargajos chorreando baba puteado hasta la misma madre le entraron a patadas como hacen los policías en el barrio negro y un tipo que le dio un puntapié del demonio salió en la portada de times y se fregó para toda la vida pasó tres años preso y después en el barrio le decían míster nixon y allí estábamos como fieras frente al panteón gritando nixon no con una alegría enorme sin preocuparnos de los soldaditos que estaban haciendo guardia con sus uniformes de gala y lo demás de adorno y el pobre individuo del tamborón sudando tinta pues le iban a tocar el himno nacional y él pensaba ponerle una corona a bolívar y se hizo esta nixon no se les quedó todo comprado para la recepción y los centenares de copas que se iban a llenar de demi sec se quedaron en fila como los cadeticos de natilla de conejo blanco y ni una sola se levantó a tiempo y allí estuvimos nixon no hasta que ya sabíamos que estaba enculillado y que no iba a venir y nos dispersamos calle abajo.

Cuántos habrán muerto en esta casa… hasta que se quedó sola y decidieron poner un restaurante y olvidarlo todo. Quizás antes pasó por muchas manos, aunque eso no era lo más probable, pues estas mansiones del 30 siempre recuerdan a una sola familia de tres apellidos donde hubo generales y ministros que paseaban en enormes Packards con ruedas empotradas en los guardabarros y eran los avechuchos negros y en chisterados de las recepciones de Villa Zoila. Los mortuorios y las recepciones atraían a una multitud de elegantes y la calle, por ambos lados, se llenaba de limousines negras. En las ventanas se arracimaban los curiosos para admirar las pompas fúnebres y el dolor húmedo y pesado que parecía evaporarse en la gran sala; el féretro hinchado de coronas y un grueso olor de flores. El gran cadáver se extendía como el aroma de un banquete por toda la casa y la lavanda inglesa se derrochaba en las habitaciones.

Los empleados de la funeraria, negros acartonados, demoraban el final, recogiendo despojos y los enseres del servicio, y desde entonces el hálito mortuorio quedaba adherido como un polvo amargo a los estucos y a los tapizados.

Lo han pintado todo, retiraron cancelas; de las ventanas y las grandes puertas que daban a los corredores, sólo permanece la memoria rígida de los marcos ornamentados. Ahora todo parece una decoración escueta; sin embargo, el olor a vieja muerte que debe estar dentro de mí, se escapa y toma el espacio de la mesa.

Aún no encuentro nada que elegir. En medio de la dispersión final, con la garganta ardida, sajada a gritos, los comercios cerrados, gente de hogar agolpada en las ventanas de los edificios, asomando unas caritas de mentira, como si uno los estuviera viendo en fotografías al día siguiente, y uno y todo aquel gentío desmelenado, de camisas abiertas bajando; destrozos de pancartas en el piso, el resto de una furia despellejada.

Pero aquí no llega el ruido de la calle; tal vez ahora se haya quedado sola, regada de papeles y algún zapato abandonado. El mesonero aguarda con el lápiz en alto. Tengo las manos pegajosas. Entonces me entran ganas de decirle, sin mirarlo siquiera, como si lo que ya iba a reventarme como una burbuja en algún lado del cerebro lo estuviera leyendo allí, en la carta: aquí huele a muerto, ¿verdad?, y por un instante pienso en lo que pasaría un segundo después, alguna especie de fractura violenta, de agua desbordada, irreparable…, pero no hay caso: uno es una mierda y está listo; en vista de lo cual, ordeno un pasticho horneado a la romana.


“¡NIXON NO!” forma parte del libro Difuntos, extraños y volátiles, publicado originalmente en 1970, y reeditado por los cuadernos del destierro, en 2020, en Argentina.

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